Explora La Olmeda a través del agua, la historia y el paisaje.
A continuación, te presentamos la ruta de senderismo que recorre los rincones más emblemáticos del pueblo. Un itinerario que conecta naturaleza y tradición.
Se trata de una ruta de senderismo circular que tiene su punto de partida y llegada dentro del casco urbano de la localidad de Santa Cruz de Moya . A lo largo del recorrido se pasa por distintas construcciones, en su mayoría molinos, situadas a lo largo del cauce del río Turia y en las que el agua cobra especial importancia como mecanismo principal de abastecimiento. El agua ha sido a lo largo de la historia un elemento con una gran importancia social y económica, es por ello que con esta ruta se pretende crear conciencia para que se siga respetando este patrimonio natural tan preciado.

Esta ruta se asienta en la población de Santa Cruz de Moya y la aldea de La Olmeda, discurriendo la mayor parte del trayecto por un medio rural que se caracteriza por su gran belleza, donde se puede observar la flora y fauna de la zona, con cultivos de secano y regadío. Durante el trayecto de la ruta se disponen varios puntos con vistas panorámicas de la población, así como preciosas vistas del paisaje de la zona.
Con el trazado de la ruta se quiere recorrer parte del trayecto que realizan las aguas del rio Turia en su paso por la localidad de Santa Cruz de Moya.
La ruta comienza en el centro de Santa Cruz de Moya, siguiendo el recorrido por la parte baja del pueblo hasta llegar a las Simas, la ruta continua hasta el Molino del Medio hasta llegar al puente de «La Puente» pasando por el «Molino de La Puente» y «Los Hornos de Yeso» ; prosiguiendo el cauce del río hasta llegar a «La Presa». El recorrido continúa a lo largo de la huerta , situada a lo largo del rio mientras se disfrutan de las maravillosas vistas que ofrece el valle hasta llegar a la aldea de La Olmeda, donde se encuentran las joyas de esta ruta, que son : el Nacimiento, el Lavadero, y el Batán de La Olmeda, y pudiendo descansar en la zona recreativa que se encuentra en dicho lugar.
A continuación se cruza la aldea de La Olmeda para proseguir por su precioso puente y continuando hasta la zona recreativa de «Los Villares», pudiendo disfrutar de las vistas del puente desde abajo, encontrándose la presa que actualmente se utiliza para el riego de la huerta, y donde se encontraba el «Molino del Tío Nicanor» que actualmente está desaparecido.
Por último continuamos el trayecto hasta coger » El Camino Viejo» que nos lleva de nuevo al pueblo de Santa Cruz de Moya, recorriendo el manto de olivos que rodean gran parte de la localidad y terminando finalmente en la fuente de «La Canaleja» y «El lavadero» de Santa Cruz de Moya.
Explora esta maravillosa ruta de senderismo, que se enfoca en nuestra pedanía y en las construcciones que, gracias al agua, dieron vida a nuestra aldea. ¡Ven y disfruta de la belleza de este recorrido!
Tras recorrer la ruta en vídeo, te invitamos a descubrir cada uno de sus rincones a través de los carteles explicativos que encontrarás en el camino. Cada panel cuenta una parte de la historia que hace única esta ruta, y si lo deseas, también puedes seguirla directamente en Wikiloc.
El Molino del Medio.
El agua fue clave en el desarrollo de Santa Cruz de Moya, impulsando molinos harineros como el del Tío Pepe, esenciales para la molienda del cereal. Esta tecnología permitió la creación de la primera central eléctrica a inicios del siglo XX, marcando un avance en la modernización del municipio. Aunque hoy solo quedan restos de estas infraestructuras, su legado sigue presente en la memoria colectiva.

La historia del uso del agua como fuente de energía motriz en la industria, ha moldeado el desarrollo de las comunidades a lo largo del tiempo.
La disponibilidad de este recurso natural, ha sido crucial para la implantación de diversas infraestructuras transformadoras, cuyo impacto en la sociedad tradicional ha sido tan significativo como el de los molinos de harina, que han desempeñado un papel vital en la vida cotidiana de las comunidades, especialmente en la molienda del cereal, una actividad esencial para la alimentación de la población.
En el idílico escenario de Santa Cruz de Moya, la presencia de cinco molinos, entre ellos el renombrado “Molino del Medio o del Tío Pepe”, refleja la importancia de esta tecnología hidráulica en el tejido social y económico de la época. El ingenio de este molino, aprovechaba el agua desviada y canalizada desde el nacimiento de Las Simas, hasta la llegada a sus cárcamos. Allí, el flujo de agua impulsaba los rodeznos, transmitiendo su energía al árbol y finalmente a las piedras de moler, permitiendo así la trituración del grano y la producción de harina.
Este proceso molinero no sólo satisfacía las necesidades locales, sino que también atraía a vecinos de Santa Cruz de Moya y las aldeas cercanas, que acudían con sus caballerías cargadas de grano para ser molido en estos establecimientos. El molinero, figura clave en este sistema, no solo arrendaba la instalación, sino que también residía en ella, garantizando así su funcionamiento constante y su presencia en la vida diaria de la comunidad.
El avance tecnológico de la era de los molinos, fue punto de partida y motor para la llegada de otros medios de innovación que propulsaron la economía de Santa Cruz de Moya y el bienestar de su gente, entre ellos, la primera central eléctrica, la cual data de principios del siglo XX, y era conocida como “la central del Tío Pepe”, marcando un hito en la historia energética del municipio. Aunque la potencia suministrada era limitada y el alumbrado público escaso, la central satisfacía la creciente demanda de energía de la localidad y sus alrededores.
El crecimiento y la modernización llevaron a que, en los años cincuenta, el servicio pasara a ser administrado por la empresa Teledinámica Turolense, conocida popularmente como la Luz de Ripol. Sin embargo, el progreso también trajo consigo la obsolescencia de la central del Tío Pepe, que finalmente fue abandonada, y de la cual actualmente quedan escasos restos de su construcción.
Hoy en día, solo queda la memoria de las construcciones, visible en la conducción de agua que serpentea a lo largo del camino, recordándonos el papel fundamental que desempeñó el agua como fuerza motriz en el desarrollo histórico de Santa Cruz de Moya.



Las Simas.
Las Simas son un manantial de gran importancia en la región, utilizado históricamente para el riego y el ganado, aunque su uso agrícola cesó en los años 80 debido al aumento de salinidad. Su evolución geológica ha generado desprendimientos y hundimientos, sugiriendo un sistema interconectado con otras formaciones subterráneas cercanas. Actualmente, existen tres Simas, destacando la Sima “Grande”, que ha sido un lugar tradicional de baño y es considerada un símbolo del municipio.

Las Simas son una surgencia de agua represada tanto para su uso en el riego como para dar de beber al ganado, es un fenómeno natural de gran importancia en la región. Este manantial se distingue por su caudal regular a lo largo del tiempo, características que reflejan la estabilidad y la constancia de este recurso acuífero.
Sin embargo, el acuífero de Las Simas está en constante evolución, lo que se traduce en una serie de procesos dinámicos en su entorno. Esta evolución conlleva numerosos desprendimientos que se pueden observar en los alrededores, lo que evidencia la actividad geológica subterránea en curso. A mediados de la década de 1980, se registró un aumento en la salinidad del agua de Las Simas, lo que llevó a su cese en el uso para el riego. Paralelamente, se observaron hundimientos del terreno en las cercanías de la Sima de los Manchegos, situada a tan solo 500 metros de distancia. Estos fenómenos sugieren la existencia de un sistema interconectado que vincula Las Simas con la formación de torcas en la zona y con otras simas más antiguas ubicadas en las proximidades del pueblo, así como con los simarros (simas) localizados al oeste de la localidad.
Actualmente existen tres Simas, La Sima de los “Manchegos”, debajo del cementerio, de escasa profundidad y de dimensiones reducidas, La Sima “Grande”, cuyo enclave se encuentra a medio kilómetro, respecto de la anterior, en concreto en el paraje denominado «El Regajo», ofrece un mayor caudal y tiene una profundidad aún sin determinar y la tercera es una prolongación de La Sima “ Grande”, estando separadas por una pared rocosa. La Sima “Grande” ha sido la zona preferida de baño de los habitantes del pueblo durante mucho tiempo.
Antaño han sido muy temidas por una parte de la población, narraban leyendas, supersticiones e historias amedrentadoras para que los niños y no tan niños no fueran a bañarse a ellas.
Las Simas son uno de los símbolos del municipio.
Molino de La Puente.
El Molino de La Puente, en funcionamiento desde finales del siglo XIX hasta los años 90, fue uno de los más activos de la región, aprovechando el caudal del río Turia mediante una presa y un canal para mover su engranaje. Funcionaba con dos mecanismos de molienda, uno para grano destinado a los cerdos y otro para harina de consumo humano, abasteciendo a la comunidad local. En su época de mayor competencia, los molineros recogían el grano en las casas para asegurar clientela, destacándose entre los cinco molinos de la zona.
El “Molino de La Puente” es conocido por estar ubicado a escasos metros del puente llamado “De la Puente”, al cual obedece su nombre. Dicho puente fue el principal paso entre ambas márgenes del valle de Santa Cruz de Moya, y el discurrir de la Cañada Real, importante ruta ganadera de enlace entre tierras de Castilla y Valencia.
El molino de la Puente comenzó a funcionar a finales del siglo XIX, y fue pasando de generación en generación hasta finalizar su funcionamiento allá por la década de los 90. La última familia que le dio vida y lo regentó recibió el sobrenombre de “Los Molineros”, la formaban el matrimonio Alberto, María y su hijo Fermín. Este molino, del que actualmente quedan escasos restos, fue uno de los molinos con más actividad de la zona, pasando de estar en pleno uso, a moler una vez a la semana en la década de los 80, y concluyendo su actividad finalmente en los 90.


Para activar el engranaje del molino, se creó una presa en el río Turia que proporcionó un caudal controlado. La presa estaba compuesta por estacas de sabina, y de espino, entre otros. Los propietarios del molino poseían en aquella época una concesión de la Confederacion Hidrográfica del Júcar, reconociendo el derecho de uso del agua para el funcionamiento del molino.
El agua que estancaba la presa se conducía a través de un canal hasta el molino, en dicho canal se encontraban tres partidores con la función de filtrar el agua de posibles restos de ramas o excesos de caudal. Esta agua era conducida a una balsa que se encontraba al lado del molino; cuando la balsa se llenaba, se abría una compuerta que daba paso al agua hasta el molino, con la fuerza de la entrada del agua una regleta de madera comenzaba a moverse accionando el movimiento de las piedras (una encima de otra en horizontal), encargadas de triturar el cereal, la de abajo se quedaba fija, y la otra giraba sobre ella, a continuación echaban el grano que se machacaba con el rodamiento de la piedras y la harina resultante caía a una tolva que se usaba para llenar los sacos de harina. Una vez finalizado todo el proceso, el agua volvía a salir al río a través del canal. En el molino existían dos mecanismos de piedras distintas (una de ellas se utilizaba para moler el grano que daría de comer a los cerdos y la otra para moler la harina para consumo humano). Todo el funcionamiento y engranaje del molino se regía a través de la fuerza motriz del agua.
La gente de la zona llevaba los sacos con el grano del cereal, se pesaba la cantidad que dejaba cada uno, y una vez realizado el proceso volvían para llevarse sus sacos de harina del resultado de grano que entregaron.
Antiguamente, sobre los años 30 y 40, los propios molineros tenían que ir con sus caballerías a las casas de la gente a buscar los sacos de grano y llevarlos de nuevo, con la harina fabricada, dado que en aquella época existían varios molinos en la zona y la competencia era tan grande que debían buscar sus propias estrategias comerciales para que la gente fuera a dejar sus cosechas al molino.
Llegaron a existir cinco molinos: el molino de Orchova, el molino de La Puente, el molino del Medio, el molino del Tío Nicanor, y el del Molinillo (subiendo al Espíritu Santo).
El molino de “La Puente” molió cebada para los cerdos, trigo para hacer harina de pan, maíz para harina de gachas, y guijas para hacer harina de almorta.
La Yesera.
La Yesera de La Puente, la más antigua de Santa Cruz de Moya, se utilizó para la producción artesanal de yeso hasta mediados del siglo XX, cuando fue desplazada por la Yesera de Las Rinconadas. Su horno, que nunca llegó a encenderse en su última carga, permanece como testimonio del antiguo proceso de cocción y transformación del yeso en la región.
La yesera es el lugar donde se extrae y se elabora el yeso. La abundancia de yeso en el terreno de Santa Cruz de Moya justificó su uso y la existencia de numerosas yeseras en el municipio.
La yesera de la Puente es la más antigua de Santa Cruz de Moya y tiene una capacidad de 80 cahices (aproximadamente 53000 litros), el horno de la yesera que continúa existiendo, se cargó a mediados del siglo XX, no llegó a encenderse y ha quedado como mudo testimonio de un proceso de transformación artesanal tradicional.
La estructura era sencilla, constaba de un horno dónde se depositaba el mineral de yeso extraído de una cantera próxima, la cocción se realizaba de forma que se apilaba el mineral dejando un hueco debajo, donde se colocaba la leña (permitiendo una circulación del aire para una mejor cocción del yeso) y alcanzando 200 ºC. Dicha cocción duraba 24 h, y una llama en la parte superior indicaba la finalización del proceso. Una vez finalizada la cocción, se dejaba enfriar el horno y la piedra ya cocida se extendía en la era, con ayuda de un rulo arrastrado por una caballería, o manualmente con un mazo, se trituraba posteriormente, se cribaba y quedaba listo para usarlo en la obra.
El uso del yeso fue muy habitual debido a la gran cantidad de esta piedra en la zona, su sencilla extracción, y fácil uso para construir estructuras e impermeabilización de los edificios.
La Yesera de La puente es la más antigua de Santa Cruz de Moya, gracias a esta yesera los particulares construían sus propias casas o pequeñas obras de uso público. Se tiene poca información sobre la historia de la yesera de la Puente. Lo único que se sabe es que empezó a usarse menos debido a que se construyó una nueva yesera en Las Rinconadas, construida en los años 60 entre 3 personas, y formada por 2 hornos (montados entre el tío Juan, el tío Anastasio y el tío Justo). En el año 1974 se cerró la yesera de Las Rinconadas debido al cambio de normativa.



La Presa.
La Presa del Molino de la Puente fue construida para desviar el caudal del río Turia hacia el molino, permitiendo su funcionamiento y el riego de los huertos cercanos. Su estructura, hecha de estacas de sabinas y reforzada con materiales naturales, requería un mantenimiento constante debido a las riadas. Aunque el molino operó hasta la década de los noventa, la presa ha perdido su función y su estado se ha deteriorado con el tiempo, siendo una de las pocas obras de este tipo que ha sobrevivido.
La Presa del Molino de la Puente, se construyó para derivar el caudal del río hacía el molino de La Puente para poder dar funcionamiento a sus sistema de molienda de harina, gracias a esta derivación se regaban además los huertos de la zona. El molino de La Puente tenía preferencia para el uso y disfrute del agua del río Turia otorgada por un permiso de la Cuenca Hidrográfica del Júcar.

Dicha presa constaba de una sencilla estructura de estacas de sabinas clavadas en el lecho del río, y sobre estas, se extendían troncos y ramajes. Se reforzaba con cantos rodados y se recubría de tierra para aumentar la impermeabilización.
Debido a estas características exigía un mantenimiento continuo, posible por la naturaleza y la cercanía de materiales. Las riadas acumulaban sedimentos, troncos y ramas que eran recogidos para usarlos como leña, pero que destrozaban parte de la presa siendo necesaria su reconstrucción.
El Molino de La Puente estuvo en funcionamiento hasta la década de los noventa y obligó a conservar la presa. Esta presa es una de las escasas obras, con estas características, que ha subsistido a pesar de perder la función, puesto que carece de uso, aunque hoy en día su presencia es prácticamente escasa debido al paso del tiempo y la falta de mantenimiento. Existe otra presa junto al Puente de La Olmeda, al inicio de la huerta, hoy en día recubierta de hormigón,y en pleno funcionamiento para el riego de la huerta, y una tercera ya desaparecida en el paraje de La Florida.



El Río.
El río Turia, originado en Guadalaviar y conocido como río Blanco en su tramo superior, atraviesa valles como el de Santa Cruz de Moya, donde recibe aportes de otros ríos y manantiales que enriquecen su caudal. A lo largo de los años, su cauce se ha estrechado, aumentando el riesgo de inundaciones y afectando la biodiversidad local, con la desaparición de especies autóctonas y la invasión de especies no nativas. Además, muchos de los usos tradicionales del río han disminuido, impactando su caracterización y la preservación del entorno natural.
El río Turia, conocido también como el río Blanco en su curso superior desde Chulilla hasta Teruel, tiene su origen en Guadalaviar, provincia de Teruel, y su desembocadura en el mar Mediterráneo.

A medida que fluye, atraviesa una serie de valles aislados, incluido el valle de Santa Cruz de Moya, cuya formación se debe tanto a la geología del terreno como a la acción erosiva del río sobre los materiales frágiles de su entorno.

Al pasar por el municipio de Santa Cruz, el río Turia recibe diversas contribuciones que enriquecen su caudal.
La Rambla de Asturias, que se une al río por la derecha, y el Río de Arcos, que lo hace por la izquierda, suman sus aguas al flujo del Turia. Varios manantiales, como el de La Olmeda y el de Las Simas, contribuyen significativamente al caudal, siendo este último especialmente importante para mantener su flujo durante períodos de sequía.
El curso del río en esta área presenta un trazado zigzagueante debido a la leve pendiente del terreno. Sin embargo, en las últimas décadas, el cauce del río se ha estrechado, lo que ha reducido su capacidad de drenaje y aumentado el riesgo de inundaciones, causando daños en las tierras de cultivo cercanas.
El río Turia ha sido un elemento fundamental en la vida de la sociedad tradicional de Santa Cruz de Moya. Ha servido como fuente de sustento y ha posibilitado una variedad de usos en un sistema complejo. Sus aguas han sido aprovechadas para la pesca de diversas especies, el transporte de madera, el corte de vegetación para diferentes usos como la fabricación de productos textiles, y la recolección de leña arrastrada por las riadas. Además, una parte de su caudal ha sido desviada para el riego de la huerta local y para el funcionamiento de los molinos.
En la actualidad, algunas de las especies que dependían del río, como el cangrejo autóctono, han desaparecido, y otras, como la loína, están en peligro de extinción, añadiendo la invasión de especies no autóctonas como los alburnos, ponen todavía más en peligro las especies de la zona.
Además, muchos de los usos tradicionales han quedado en el pasado. Estos cambios afectan la caracterización actual del río y la preservación del entorno natural.
La Olmeda y el Horno de leña.
La aldea de La Olmeda ( Santa Cruz De Moya) , en Cuenca, destacó por su riqueza natural y su producción de manzanas “esperiega y miguela”, generando empleo y actividad agrícola. Su horno de leña, abierto semanalmente, no solo abastecía de pan y dulces elaborados con ingredientes locales, sino que también fortalecía la convivencia vecinal. Hoy, aunque ya no funciona, el horno se conserva como centro de reunión y exposiciones, manteniendo viva la memoria del lugar.

La aldea de la Olmeda, es uno de los parajes más ricos por su entorno e historia, de la provincia de Cuenca. Pertenece al municipio de Santa Cruz de Moya. Obedece su nombre al árbol, que predominaba en ella, el Olmo.
Situada en un valle, rodeado por montañas y cruzada por el río Turia, han hecho de ella el lugar ideal, para que a lo largo de los tiempos, aprovechando su riqueza natural, los habitantes y vecinos hayan podido explotar la tierra con cultivos tanto de secano como de regadío. Haciendo de ello su medio de vida junto con la crianza de animales. De entre su variedad de cultivos, la aldea de La Olmeda destacó por la producción y comercialización de la manzana “esperiega y miguela”, lo que llevó a la creación de un almacén ubicado en la entrada de la propia aldea, donde se albergaba la cosecha para su posterior distribución. Fue tan importante el impacto que tuvo la explotación de esta variedad de manzanas, que el almacén generó muchos puestos de trabajo para la gente de la zona. Era común encontrar a lo largo de toda la vega del valle de La Olmeda campos llenos de manzanos.
Durante principios y mediados del siglo XX, la aldea estaba llena de vida, por las numerosas familias que en ella vivían. Entre otros servicios, se disponía de escuela y de horno. Ambos estaban enclavados en el mismo edificio de tres plantas. El horno, situado en la planta baja, disponía de bancadas a lo largo de sus paredes, una bancada principal, y el horno a leña.
En él se horneaba el pan y los dulces, que las familias consumían. Debido a la riqueza natural de la Olmeda, los ingredientes más básicos, que se utilizan en las masas, provenían de la propia tierra, la harina era producto del trigo que se plantaba, se recolectaba, se trillaba y se procesaba, entre otros, en el molino de agua conocido como el de “La Puente” del tío Alberto y la tía María “Los Molineros”, el aceite era producto de los olivos de la aldea.
El horno se abría una vez a la semana. Establecían turnos rotativos entre las familias, para la apertura y preparación del mismo. La familia encargada del horno, le correspondía abrirlo, limpiarlo, y lo más laborioso era encenderlo, tenían que preparar la leña y conseguir el punto óptimo de temperatura. Mientras tanto las vecinas preparaban en sus artesas, las masas de sus panes y sus dulces, y terminaban su trabajo en las bancadas del horno, dándoles forma, y preparándolos en sus llandas y palas; y según turno de entrada eran horneados.

La Huerta de abajo.
El valle de Santa Cruz, moldeado por el río Turia, transformó sus tierras fértiles en campos de regadío hasta mediados del siglo XX, destacando la Huerta de Abajo por sus cultivos de frutales, cereales y hortalizas. El riego proviene de la Fuente de La Olmeda y el río, aunque el manantial de Las Simas se abandonó en los años 80 debido a la salinidad. Actualmente, la explotación agrícola enfrenta desafíos por la fragmentación de parcelas y la complejidad del sistema de riego.
El valle de Santa Cruz se despliega como un tapiz fértil que se extiende a lo largo de las orillas del río Turia, modelado por la acumulación de sedimentos arrastrados por las corrientes fluviales a lo largo del tiempo. A pesar de su potencial agrícola, durante siglos, las dificultades de drenaje y las recurrentes inundaciones obstaculizaron cualquier intento de aprovechar estas tierras. Sin embargo, la imperiosa necesidad de encontrar tierras cultivables impulsó la colonización de la zona y su posterior transformación en campos de regadío, un proceso que se extendió hasta mediados del siglo XX, dando lugar a lo que ahora conocemos como la Huerta de Abajo.
A orillas del Río Turia, entre el estrecho de La Olmeda y el desfiladero de La Hoz, se extienden noventa hectáreas de tierra fértil dedicadas a la agricultura. La Fuente de La Olmeda, con sus cristalinas aguas, riega la margen izquierda de la huerta hasta llegar a la Presa del Molino de La Puente, mientras que el resto de la tierra se beneficia del flujo del río. En el pasado, una parte significativa de esta huerta se abastecía del manantial de Las Simas, pero el aumento de la salinidad de sus aguas llevó a su abandono en la década de 1980.
La topografía de la Huerta de Abajo se distingue por su suave pendiente y el diseño de parcelas dispuestas en ángulo recto con respecto al curso del río, una disposición pensada para facilitar el riego a través de las acequias. A lo largo de los años, estas tierras han sido objeto de un cultivo intensivo, albergando numerosas plantaciones de árboles frutales, como manzanos, y una variedad de cultivos que incluyen cereales, forrajes y hortalizas.
En la actualidad, parte de esta huerta yace abandonada debido a la compleja estructura de propiedad, mientras que en otras áreas, predominan los cultivos de hortalizas y frutas destinados al consumo local. Sin embargo, la explotación rentable de la tierra se ve obstaculizada por diversos factores, como la dispersión y el tamaño reducido de las parcelas, la complejidad del sistema de riego y los desafíos asociados a la producción de cultivos regados.



El Molino Del Tío Nicanor y El Aguadero.
Desde la época musulmana hasta el siglo XX, el río Turia fue clave para el transporte de madera desde las sierras de Aragón y Castilla hasta Valencia, destacando Santa Cruz de Moya y La Olmeda como puntos estratégicos. Las “maderadas”, supervisadas por los gancheros, comenzaban en aguaderos como “Los Villares”, donde se acumulaban los troncos antes del deshielo. Cerca de este lugar funcionaba el Molino del tío Nicanor, que aprovechaba el agua del “ceicón” para moler harina de maíz y trigo hasta su cierre a finales del siglo XIX.
Desde la época musulmana y hasta la primera mitad del siglo XX el río Turia fue utilizado como vía de transporte de madera entre los bosques de las sierras de Aragón y Castilla y la ciudad de Valencia. La madera talada se lanzaba al río, este proceso sencillo y económico de transporte, convirtió a Santa Cruz de Moya,y por consiguiente a La Olmeda, en un privilegiado punto de paso y embarque.
En las maderadas, como se denominaba a estos transportes, se desplazaban miles de troncos con la participación de “los gancheros”, personas dedicadas a supervisar y hacer posible este transporte durante prolongados periodos de tiempo.
Las maderadas se iniciaban en los aguaderos, explanadas en las que durante los meses previos a su inicio se acumulaba y pesaba la madera, a la espera que el deshielo incrementara el caudal del río. Este punto fue el principal aguadero de Santa Cruz de Moya y uno de los más importantes de las riberas del Turia, a donde se trasladaba madera procedente de la serranía. El aguadero, propiedad de los Marqueses de Moya, era una extensa explanada y en la actualidad es un área recreativa municipal conocida como “Los Villares”.
El acondicionamiento de este lugar como aguadero se debe a algunas circunstancias favorables. Las laderas del valle de Santa Cruz de Moya forman caminos de aceptable pendiente para el transporte, los caminos de la madera, por donde circulaban carros madereros como los moyanos. Pero lo que resultó determinante para su emplazamiento fue la situación del mismo en la salida de un largo tramo de río estrecho que se prolonga desde el Rincón de Ademuz, de modo que este lugar representa el único espacio amplio en un largo tramo de ribera y donde el agua sale con fuerza.
Contiguo al aguadero se encontraba un de los molinos de harina conocido en la zona como “El molino del tío Nicanor o el Molino de arriba”, dicho molino se abastecía del agua del “ceicón” que actualmente discurre por debajo del puente de La Olmeda, utilizado principalmente para el riego de la huerta, y el cual podemos observar que todavía sigue intacta su estructura. Con el aprovechamiento de sus aguas se daba funcionamiento a sus sistema de molido, del cual se beneficiaban los habitantes de la zona. La principal molienda de este molino era la harina de maíz y de trigo para el alimento humano como las almortas, migas y gachas.
Este molino dejaría de funcionar a finales de siglo XlX, para ser derruido finalmente a principios del siglo XX. Lo que hoy es toda una explanada vacía, fue un molino lleno de vida que propició a sus gentes de alimento durante años.


El Puente de La Olmeda.
Hasta finales de los años 30, el acceso a La Olmeda se realizaba por Las Rinconadas o mediante un frágil puente de madera llamado “El Pontón”, que debía reconstruirse anualmente debido a las crecidas del río Turia. Tras un proyecto fallido en 1936 debido a la Guerra Civil, en 1944, gracias a la gestión de Demetrio Madrid Antón y el diseño del ingeniero Ricardo Allué Chico, se construyó el actual puente de hormigón de un solo arco, financiado parcialmente por los aldeanos y la Administración. Su construcción, que incluyó voladuras en la montaña, permitió acabar con el aislamiento de la aldea y facilitó su comunicación con Santa Cruz de Moya.
Desde tiempos inmemoriales, hasta finales de los años 30, el único paso de acceso existente a la aldea era a través de Las Rinconadas, recorriendo toda la vega del valle de La Olmeda, o cruzando el antiguo puente de madera que existía en la aldea llamado “El Pontón”, nexo de unión con el antiguo camino de Santa Cruz de Moya.
El pontón era una estructura simple basada en troncos y maderas, de características muy endebles. Que debía reconstruirse por los aldeanos de forma constante debido a las avenidas que el río presentaba de forma anual y que arrastraba con ellas.
En la década de los 30 fue cuando se hizo cada vez más latente la necesidad de construir un puente de estructura fija.
Antes de dar forma y vida al puente actual que observamos; en el año 1936 se presentó un primer proyecto de construcción de un “puente de hormigón armado de 22 metros” diseñado por el ingeniero Nicasio Guardia García (puente idéntico al actual puente de Las Rinconadas), pero con la llegada de la Guerra Civil se paralizó dicho proyecto, y finalmente nunca llegó a realizarse.

Una vez pasada la época de la guerra, en el año 1944, don Demetrio Madrid Antón (Secretario de Trabajo de Cuenca en aquella época), descendiente de La Olmeda, consiguió recaudar los fondos necesarios para la construcción del actual puente de La Olmeda. Dicho puente fue diseñado por el conocido ingeniero de la época, Ricardo Allué Chico denominado “Puente sobre el río Turia para el camino rural”.
La razón de construir finalmente un puente de un sólo arco (concretamente arco escarzano aligerado), lo plasma perfectamente el ingeniero Ricardo Allue Chico en su informe destacando lo siguiente: “El pueblo de la Olmeda de la Cuesta, carece de vías de comunicación, siendo frecuente su total aislamiento con el resto de la provincia, por arrastrar el río Turia en las avenidas el puente de rollos de árboles que construyen en el camino rural que los une a Santa Cruz de Moya. La restricción impuesta en el empleo de materiales metálicos y las dificultades de cimentación en el lecho del río, por existir un gran espesor de terreno de acarreo apoyado en terreno triásico, con probable existencia de yeso, obligan a la ejecución de un sólo arco de hormigón en masa de 28,30 m de luz y 5,66 m de flecha, con la que se evitan los inconvenientes expresados.”
El presupuesto final al que ascendió la construcción del puente de La Olmeda fue de 163.303,62 pesetas, aportando 38.710 pesetas recaudadas entre los habitantes del pueblo, y el restante aportado por la Administración.
De esta forma, el puente cobraría vida gracias a la aportación de nuestros antepasados aldeanos y vecinos de pueblos colindantes, que trabajaron en la construcción del puente que podemos contemplar actualmente.
Todavía algunos de nuestros bisabuelos y abuelos que participaron en dicha construcción cuentan anécdotas de cómo tuvieron que volar parte de la montaña para dar entrada a la carretera de la aldea, a base de tubos de dinamita que eran introducidos en la roca, y como la explosión hacía llegar trozos de rocas a la misma aldea. También comentan que en una de esas explosiones descubrieron una cueva en la montaña con esqueletos dentro, de grandes dimensiones, medidas poco comunes a lo que estamos acostumbrados.
El puente de La Olmeda, es el fruto del esfuerzo, sudor e ilusión que pusieron cada uno de los habitantes que participaron en su construcción en los años 40.
Es curioso y cuanto menos llamativo que fuera construido este puente 10 años antes del famoso y conocido puente de Santa Cruz de Moya “el puente grande”. Debido a las grandes similitudes de ambas construcciones.
Lavadero de Santa Cruz de Moya.
La construcción de La Balsa en Santa Cruz de Moya surgió en el siglo pasado y fue esencial para el lavado de ropa hasta la llegada del agua corriente. Las mujeres utilizaban hierba jabonera para limpiar la ropa y ceniza para blanquearla, realizando un proceso laborioso que podía durar todo el día. A pesar del esfuerzo, La Balsa era también un lugar de encuentro y tertulia, donde se compartían confidencias y se fortalecía la comunidad local.
Dicen las gentes de más edad de Santa Cruz de Moya que esta construcción surgió durante el siglo pasado y que su uso perduró hasta la llegada del agua corriente a las casas de los vecinos.
Cuentan que anteriormente se lavaba en una sima que había debajo de la peña conocida popularmente como “El Castillo”, en el río Turia y en las ramblas.
Originariamente, se referían al lugar como La Balsa. Lo llamaban La Balsa por la forma que tenía. Había dos: en una, se enjabonaba y en la otra, se aclaraba. La disposición respondía a criterios de limpieza del agua.

El edificio que recuerdan quienes lo vivieron era similar al actual. En la parte izquierda, se lavaba de rodillas y en la derecha se estaba de pie. Cabe destacar que alrededor de estas balsas había un espacio de inclinación y ondulaciones que tenían el fin de facilitar el frote de la ropa.
¿Cómo se las ingeniaban las sabias mujeres de aquella época? Por esos entonces, lo habitual era lavar cada ocho o quince días, ya que la gente no se cambiaba tanto como actualmente, entre otras porque no se tenía tanta ropa y en invierno, el frío no invitaba a lavar muy a menudo.
Para dejar la ropa limpia lavaban con hierba jabonera, que se encontraba en los ribazos. Se utilizaba tanto la planta como las raíces, y se podía utilizar no sólo para el lavado de la ropa, sino también para el aseo del cuerpo. Para blanquear la ropa clara, se utilizaba ceniza y se secaba al sol. En cuanto a las prendas de color, cuando perdían sus tonos debido a tantos usos, utilizaban la greda negra.
El proceso de lavar la ropa, era arduo y laborioso, lo primero era separar la ropa de color de la blanca. Después, se ponía un manojo de hierba jabonera en el agua y se metía la ropa, para dejarla en remojo durante toda la noche (esto se hacía en casa, por lo que había que acarrear el agua) y al día siguiente iban a lavarla y aclararla. Los resultados se traducían en una limpieza impecable, pues esta planta arrastraba la suciedad.
La ropa de color sólo requería ponerla en remojo, frotarla y aclararla. No se tendía al sol, para que no lo degradara. Con la ropa blanca el proceso se complicaba más. Después de limpia, mojada aún, se llevaba a casa, se metía formando capas, lo más extendida posible en el cociol. El cociol era un recipiente de barro y tenía un orificio por donde salía el agua. Se tapaba con el cenicero, que era un trapo de tejido grueso y bien tensado, se sujetaba con una soga y, a continuación, se echaba la ceniza. Por supuesto, tenía que ser ceniza de la mejor calidad, la de leña de carrasca, y solamente ceniza blanca. En un caldero se ponía agua a hervir y se vertía encima de la ceniza poco a poco, con cuidado para no escaldarse. El agua pasaba al cociol, empapaba la ropa y, como tenía efecto de lejía, conseguía blanquear la ropa. Se dejaba también en remojo, posteriormente lo vaciaban por el orificio y vuelta a aclararla y a secarla al sol para que se blanqueara.
Más adelante y con la llegada de lo que llamaron el progreso, trajeron la sosa cáustica, se hacía el jabón utilizando las grasas y el aceite que sobraba, mientras que la lejía se compraba a litros en las tiendas. El proceso era el mismo que cuando se utilizaba la hierba jabonera y el cociol, pero ya con jabón casero y la gaveta de cinc. Lavar bien la ropa llevaba todo el día, incluso hasta el otro si era blanca. En los inviernos se lavaba en el nacimiento de La Olmeda y aprovechaban esa agua caliente para pasar allí toda la jornada.
Eran tiempos de pobreza, miseria y de economía de subsistencia. Cuando lo recuerdan, quienes lo vivieron, olvidan las penalidades y les brillan los ojos, les aparece una sonrisa y cuentan todos los chascarrillos que se les pasan por la mente. Eran muchos los juegos con los que amenizaban sus horas de trabajo y el tiempo que transcurría hasta que se secaba la ropa.
Señalan que era una faena dura, que se hacía con mucha hambre. Había un dicho popular: “apártate pan, que vengo de lavar”. Las lugareñas coinciden, sin embargo, en que esa balsa era lugar de tertulia, de encuentro con las mujeres, donde se contaban confidencias íntimas que la sociedad se negaba a escuchar. Allí se comentaban todos los acontecimientos del pueblo: nacimientos, noviazgos, bodas, la salud de los enfermos. Era un sitio de trasmisión de la cultura donde había complicidad y donde se lavaban todos los trapos sucios…
Por los años 50, se tomó la decisión de modificar este símbolo de nuestro patrimonio y quedó como está ahora con pilas individuales y caños.
Fuente de información: Con la colaboración especial de Sofia Antón Baeza
“Las personas llegamos y pasamos y los monumentos, por muy simples que sean, son los únicos que permanecen a lo largo del tiempo si nos preocupamos por conservarlos”
“No sé si habré sido sitio de inspiración de escritores y poetas o habré sacudido conciencias, pero sí puedo afirmar que entre las cosas que amo y que han quedado en mi recuerdo, está La Balsa y la antigua fuente de La Canaleja”.



El Lavadero y el Batán.
El lavadero de La Olmeda, construido aprovechando las aguas cristalinas del manantial, fue un lugar esencial para la colada y el lavado de utensilios, así como un punto de encuentro para la comunidad. A su lado se encontraba El Batán, una construcción dedicada al abatanado de telas de lana mediante mazos impulsados por el agua del manantial. Aunque hoy solo quedan vestigios de El Batán, ambos espacios siguen siendo símbolos del patrimonio y la tradición local.

El lavadero de La Olmeda es uno de los lugares más importantes y de más valor para sus habitantes. Aprovechando el surgir de las aguas cristalinas del manantial, los habitantes de la aldea crearon el lavadero, lugar de encuentro para la población y de gran aprovechamiento para todo tipo de usos domésticos. Gracias a la temperatura constante que presenta el agua durante todo el año, las gentes de la zona han podido hacer uso de este lavadero en cualquier estación del año.
Era muy usual que las mujeres de la aldea acudiesen al manantial con sus barreños para hacer la colada y el lavado de utensilios. Los antiguos lavaderos, además de un sitio de trabajo, eran puntos de encuentro y de tertulia para las mujeres del lugar. Todavía hoy en día se pueden apreciar las marcas en las piedras utilizadas para esta labor.
También era costumbre acudir al manantial en la época del “matacerdo o matagorrino” para limpiar las tripas del cerdo con las que elaboraban los embutidos.
Antiguamente el lavadero estaba formado por las piedras que rodean el agua y dan forma a lo que conocemos actualmente como tal. A finales del siglo XX, se provisionó el lavadero de una tejado de uralita, para sufrir una nueva reforma a principios del siglo XXI, y acabar siendo la construcción que contemplamos actualmente. En la actualidad se sigue trabajando en labores de mantenimiento gracias a la Asociación Cultural y Social Olmedana, que trabaja cada año en el mantenimiento del entorno y de las construcciones que forman parte de la aldea.

Junto al lavadero se levantaba el edificio de El Batán, edificio que fue derruido hace algunos años y del cual actualmente sólo quedan algunos vestigios.
Antiguamente, cuando los telares eran manuales, las telas de lana, después de ser tejidas, presentaban una trama muy floja, poco firme y se deshilachaban fácilmente. Por ese motivo era preciso someterlas a un proceso de abatanado que conseguía no sólo apretar y amalgamar las fibras, sino también eliminarles el pelo y la grasa sobrantes. Los batanes son construcciones concebidas para el abatanado de las telas, especialmente de las telas de lana.
El tipo de Batán que existía en La Olmeda era un Batán textil, para la fabricación de mantas principalmente y su posterior abatanado. Fue creado aprovechando las aguas del nacimiento dando vida a su mecanismo y funcionamiento. En este lugar se bataneaba y golpeaban el paño bruto de los telares destinados a la producción lanera, con las lanas procedentes de las sierras próximas, para elaborar los tejidos.
En el batán existía una balsa de “gredera” donde echaban la lana, y la movían con palos mezclándola con la greda (un tipo de arcilla blanca) para limpiar la lana de posibles restos de grasa. Una vez mezclada la lana con la greda; por otro conducto, el agua que nacía del manantial, era dirigida hacía unos mazos cobrando velocidad, golpeando de forma alternativa los tejidos. Estos mazos golpeaban la lana y la enrollaban hasta que se quedaba limpia y con un tacto suave, una vez que adquiría este tacto suave, se dejaba secar, y posteriormente era utilizada para fabricar mantas y utensilios para caballería.
El Batán de La Olmeda, junto al manantial y la fuente, siempre han formado un lugar de atractivo turístico.
Hoy en día podemos observar únicamente restos de esta construcción, pero los que tuvimos la suerte de verlo en pie, recordamos lo especial que fue este edificio.
Nacimiento y Fuente de La Olmeda.

La Fuente de La Olmeda, alimentada por un manantial de aguas cristalinas y de temperatura constante, ha sido esencial para el consumo humano, el riego de la huerta y el abastecimiento de animales. Su caudal también impulsaba El Batán y abastecía el lavadero, convirtiéndose en un pilar económico y social de la aldea. Actualmente, junto con el manantial y las ruinas de El Batán, sigue siendo un atractivo turístico destacado del valle de Santa Cruz de Moya.
La Fuente de La Olmeda es uno de los principales atractivos naturales del valle de Santa Cruz de Moya. Se trata de un manantial de agua dulce que aflora entre las riscas de las montañas formadas por porosas calizas e impermeables arcillas, margas y yesos. En la misma aldea se encuentran varios nacimientos de características similares, como son la Cueva de las Palomas, la Fuente de la Higuera o la desconocida Fuente del Cura, que fluyen junto al río Turia.

En el propio nacimiento podemos encontrar una pequeña cueva de aguas cristalinas donde se observa perfectamente el surgir de sus aguas desde la propia roca hacia lo que hoy conocemos como el edificio del Lavadero. Este manantial presenta una particularidad y es que su agua permanece a temperatura constante durante todo el año, por lo que tradicionalmente se ha recurrido a sus aguas para uso doméstico. Este manantial o nacimiento de agua ha sido utilizado desde tiempo inmemorables como el lavadero de la aldea, lugar de encuentro de la población pero sobre todo de las mujeres que habitaban la zona.
El caudal del manantial se empleaba para impulsar El Batán, para abastecer el lavadero, la fuente y el abrevadero de la aldea, así como para el riego de la huerta que se extiende bajo la misma. De este modo el manantial se convirtió en elemento esencial para la población y la economía local del momento.
Junto al manantial de La Olmeda se encuentra una gran fuente de aguas cristalinas. Esta fuente siempre ha sido muy conocida por su buena calidad de agua para el consumo humano, aunque actualmente es una fuente NO VIGILADA.
Antiguamente también era utilizada como abrevadero. Los abrevaderos servían para dar de beber a los animales de carga y a los rebaños, pues numerosas familias poseían pequeños rebaños para garantizar el abastecimiento de carne y lana, y era muy común que cada familia tuviese un «macho» para las tareas de carga. Se puede observar que la estructura de la fuente fue creada para tener un amplio espacio para sus dos tipos de utilidades (consumo humano y animal), está compuesto por un «pilón» alargado construido de una sola pieza.
Mirando de frente a la fuente, se puede apreciar que, en la parte izquierda existen dos caños de agua que sirven para abastecer el consumo humano, y a la parte derecha se observa un amplio espacio que era utilizado para servir de abastecimiento para los animales, de ahí que sólo existan dos caños de agua en la parte izquierda, quedando la parte restante libre para que los animales se pudieran abastecer.
El agua que proporciona esta fuente es originaria del manantial, que es canalizada hasta el depósito situado en la parte trasera del nacimiento, y posteriormente dando salida por los conductos de la fuente. El agua sobrante de este abrevadero termina fluyendo por un pequeño riachuelo que acaba desembocando en el río Turía.
La fuente es, junto con el manantial de la Olmeda y las ruinas del Batán, un lugar de atractivo turístico para la aldea y su entorno.



Los Olivos del Valle.
El cultivo del olivo es esencial en la comarca, transmitido de generación en generación como fuente de ingresos y símbolo cultural. La recolección de aceitunas, antes realizada de forma artesanal y familiar, ha evolucionado con maquinaria moderna sin perder su esencia. La almazara, originalmente en el centro del pueblo, se trasladó en los años 90 a las afueras debido al aumento de la producción.
Característico de la zona, es el cultivo del olivo. Cultura, tradición y economía giran alrededor del mismo.
Es posible situarse en cualquier punto de la comarca, alzar la vista y ver una amplia extensión de olivos, con su robustez, vida y casi eternidad.
Los campos de olivos, tuvieron su origen fundamentalmente en el monte, pequeñas parcelas, transmitiéndose de padres a hij@s, objeto de trueques campo por campo, para unificar y ampliar la producción. Junto con la herencia de la tierra y el olivo, se ha ido heredando la cultura y tradición de su cuidado y de la recolección.
Durante el siglo XX, su explotación era fuente de ingresos para las familias que vivían en el municipio, utilizándose tanto para su autoconsumo como para su venta. Durante el año se labraban los campos con los machos, poco a poco se introdujeron los tractores conforme iba evolucionando el mundo, pero siempre a un ritmo más lento, al ritmo de los olivos. Se cavaba la hierba de los troncos, se podaban, se regaban, y se esperaba a recoger la cosecha. La recogida de la aceituna, se concentraba principalmente en el mes de diciembre, se organizaban las familias, desde el más pequeño al más anciano, se agrupaban para la recolección, lonas, varas y el mayor motor, las familias, salían con los primeros rayos del sol, con el frío del invierno, y con un buen almuerzo, preparados para largas jornadas de trabajo desde que salía hasta que se ponía el sol, a recoger el fruto de un largo año de trabajo.
Recogidas las olivas, se pasaban por las almazaras, donde se hacían tiradas de un pie, equivalente a 9000 kilos, en un proceso artesanal, donde la estufa de la almazara calentaba el agua que pasaba por los pistones, y prensaba las distintas variedades de olivas,(cornicabra, manzanilla,villalonga y serrana, eran las variedades predominantes en la zona, y posteriormente se introdujeron pero en un menor porcentaje la arbequina, picual y hojiblanca), obteniendo así una de las mayores joyas, el oro líquido, parte de la economía familiar.
Actualmente, se continúa con el cultivo del olivo, tradición heredada y modernizada en su proceso de producción y recolección, utilizando maquinaria que hace más ágil el trabajo, pero manteniendo la esencia de esta costumbre. La antigua almazara se encuentra ubicada cerca del ayuntamiento, en la Calle Mayor, posteriormente, en los años 90 se trasladaría a las afueras del pueblo dado su aumento en producción y la necesidad de modernizar la maquinaria para el proceso de la extracción del aceite.
Cruzando el valle de olivos encontramos el barranco de La Rambla, fruto de la unión del Arroyo de Asturias con otros barrancos menores (en alusión al rento o caserío de Asturias). La pronunciada pendiente existente entre el altiplano de Moya y el Turia da lugar a unos barrancos encajados, cuyo trazado se suaviza, en su tramo final. La existencia de algunos manantiales a lo largo de su trazado, como los que afloran en el Rento de Asturias y en el paraje de El Valle, garantizan la circulación superficial de agua en algunos tramos.























